
“Me dijo que tenía la esperanza de que las piernas y los brazos que se habían encontrado horas antes en un paraje solitario no fueran los de su hijo, ya que lo que teníamos nosotros en el forense eran sólo algunos restos del cuerpo, pero no estaba ni el tronco ni la cabeza, y empezó a llorar”.
La historia la cuenta el procurador del estado de México, Alfredo Castillo Cervantes. Entonces era subprocurador; ahora, como titular de la PGJEM, comparte esta reflexión en una entrega de su columna “Justicia Posible” con los lectores de EL UNIVERSAL Edomex.
Castillo Cervantes reconocer el divorcio sociedad-autoridades, y asume en su calidad de servidor que hay años y agravios a cuestas en esta ruptura, sin embargo, el procurador concluye que sólo la reconstrucción de esta relación permitirá hacer frente a la situación que vive el país.
A continuación la columna que comparte Alfredo Castillo Cervantes:
“Me dijo que sólo le interesaba recuperar los restos de su hijo”
El secuestro es probablemente el delito que más lastima y lacera a una familia. La víctima de secuestro tiene secuelas importantes, pero la familia muchas veces sufre más el secuestro ante la incertidumbre del estado de salud y emocional de su hijo, padre o hermano. Esta situación de “pánico” a la que uno jamás se prepara o mentaliza, lleva a que en esos días o semanas de angustia, muchas veces se tomen las peores decisiones en menoscabo del propio secuestrado.
Lo que expongo a continuación, no es una crítica sino una reflexión compartida de la importancia de acercarse a las autoridades cuando se llegue a vivir una situación de secuestro.
En alguna ocasión, al visitar una agencia del Ministerio Público en mi responsabilidad como subprocurador, un señor me interceptó para hacerme una solicitud poco convencional: me pedía conservara lo que podrían ser los restos de su hijo en el refrigerador del servicio médico forense mientras el tramitaba un examen de ADN para saber si los restos que ahí se encontraban eran los de su hijo.
Lo primero que pensé fue que el señor no quería entrar al anfiteatro para observar a su hijo muerto, así que le sugerí si prefería que otra persona hiciera el reconocimiento de los restos. Ante eso, el señor me dijo que tenía la esperanza de que las piernas y los brazos que se habían encontrado horas antes en un paraje solitario no fueran los de su hijo, ya que lo que teníamos nosotros en el forense eran sólo algunos restos del cuerpo, pero no estaba ni el tronco ni la cabeza, y empezó a llorar.
Ante lo escalofriante de la narración, pregunté qué había pasado, pues yo no tenía conocimiento de ese dato.
El Ministerio Público me informó que al hijo del señor lo habían secuestrado días antes, pero que nunca habían presentado la denuncia, por lo que no teníamos dato alguno de que los restos hallados podían ser de un secuestrado, sino que el MP sólo los había levantado, ante la notificación hecha de que se encontraban restos posiblemente humanos en un paraje solitario.
Por lo anterior, le dije al señor que autorizaba la toma de ADN y que mantendría el mayor tiempo posible los restos del cuerpo en refrigeración, pero a su vez le solicitaba que me diera información para poder encontrar y detener a los secuestradores, ya que era claro que nos encontrábamos ante una banda muy peligrosa y sanguinaria.
El señor me dijo que tenía datos importantes, sin embargo señaló que no los aportaría porque eso no le devolvería a su hijo y no le interesaba iniciar un camino legal. La justicia no se la darían los hombres, sino Dios en el más allá.
Ante ello, le comenté que entendía su dolor, pero que la información que él me proporcionara podía ayudarnos a evitar un nuevo secuestro y posible homicidio. No lo convencí. El señor se despidió diciendo que él sólo quería recuperar el tórax y la cabeza de su hijo para darle cristiana sepultura.
Decidí esperar para ver si en los próximos días cambiaba su decisión sin necesidad de sentirse presionado por nosotros, y con la esperanza de que esta banda no operara mientras obteníamos datos para su ubicación y detención.
Días después, un buen amigo me llamó para pedirme asesoría por el secuestro de un muy amigo suyo. El secuestro había sido en la misma región del primer evento. Inmediatamente le ofrecí a mi amigo el apoyo de la unidad de combate al secuestro. Sin embargo, me dijo que lo que me pedía era una asesoría, porque la familia había decidido no denunciar.
Le comenté que teníamos el antecedente de una banda que había mutilado a una víctima en días anteriores, que era muy importante que nos dieran parte en la investigación. Fue infructuoso, no logré convencerlos.
Sólo unos días después, mi amigo me llamó y me dijo que su conocido se había escapado de los secuestradores. Que después de haber pagado el rescate, los plagiarios se habían ido a “festejar” y que el secuestrado, al no escuchar ruido alguno, decidió abrir la puerta y al no ver a nadie, se había escapado.
Mi amigo me contó que los delincuentes le dijeron a la víctima que lo mutilarían como al chico que días antes habían secuestrado y matado. Era la misma banda. Pero había un dato todavía más revelador, el secuestrado conocía a sus secuestradores.
Ante eso, pensé que con la información que aportara la víctima que se había escapado, detendríamos a esta peligrosa banda. Aventurándome un poco al resultado, decidí llamarle al señor que días antes le habían matado a su hijo y le informé lo sucedido.
El señor dentro de su tragedia sintió cierto alivio de poder recuperar los restos de su hijo. Con lo que no contábamos ni él ni yo, era que el secuestrado que se escapó había decidido, como el señor días antes, no aportar ningún dato a la autoridad. Ante la impotencia, el señor me pidió que obligáramos al joven secuestrado a declarar.
Ante su respuesta, y con desasosiego, sólo pensé que el señor hoy exigía lo que días antes se negó a hacer. Pero sobre todo, pensé que el señor pudo haber evitado el secuestro del sobreviviente si hubiera aportado datos. Sólo me quedó decirle que no podía obligarlo. Que tendríamos que esperar a que alguien pudiera convencerlo o concientizarlo de la importancia de que aportara datos para evitar un posible nuevo secuestro.
Posteriormente esta banda sería detenida por la Policía Federal quien ya tenía antecedentes de otros secuestros cometidos. Al final, cometieron más de diez secuestros.
Hoy, comparto esta reflexión para dejar ver a los lectores la importancia y trascendencia que tiene el denunciar. El no hacerlo solo beneficia a los delincuentes en menoscabo de la sociedad. Entiendo el divorcio que por años ha existido entre autoridad y sociedad, y que el tema de procuración de justicia ha abonado enormemente en este distanciamiento. Sin embargo, es momento de reconstruir esta relación, sólo así podremos vencer al flagelo de la delincuencia.
FUENTE: Periodico el Universal en línea. 26 de Noviembre 2011 http://www.eluniversaledomex.mx/home/nota24918.html
la jein fonda igual es como ma hyloowlod, pero era (es, pa ser una vieja) regia ella…